miércoles, 11 de junio de 2008

Solidaridad sin papeles

La historia que voy a contarles es algo rocambolesca, pero les doy mi palabra de que es totalmente cierta. Le ocurrió el pasado sábado a un amigo cercano. Se dirigía a la oficina en la que trabaja cuando una joven rubia y extremadamente guapa se le acercó y, hablándole en un inglés con acento escandinavo, le preguntó si la podía ayudar. Mi amigo, que hablaba por teléfono en ese momento, colgó inmediatamente para escuchar qué le pasaba a aquella muchacha que aparecía frente a él con los zapatos en la mano y a penas una camisola larga cubriendo su cuerpo.

La chica le contó que la noche anterior había venido desde el sur de Gran Canaria a la capital acompañando a un chico marroquí que, al parecer, la invitó a seguir la fiesta en la ciudad. Una vez aquí, decía la chica, el chico la drogó, o se drogó ella, o lo hicieron juntos, muy claro no quedó este punto. El caso es que acabó violándola en la playa de Las Canteras, donde la encontró por la mañana tirada, sin ropa interior y totalmente desorientada, un policía. La llevaron al hospital y, una vez allí, según la muchacha, le hicieron varias pruebas y le entregaron un documento en el que podía leerse que presentaba síntomas de violación.

Cómo llegó desde el hospital hasta el centro de la ciudad en aquellas condiciones o cómo es que el hospital la dejó marchar sin que se abriera una investigación sobre lo sucedido, dado que presentaba síntomas de violación y existe un protocolo de actuación en los hospitales para estos casos, son misterios aún sin resolver. El caso es que la muchacha, de origen ucraniano, se encuentra de forma ilegal en la isla. De ahí que algunos de los que conocimos la historia de primera mano llegáramos, pasada la impresión inicial de conocer la historia, a la conclusión de que muy probablemente se escapó del hospital por miedo a las preguntas de la policía.

Pero, volvamos a mi amigo y su repentina amiga. Tras contarle la historia, la chica le preguntó si podía facilitarle algún lugar en el que dormir. Mi amigo, algo descolocado por la situación, le ofreció a la chica dormir en su coche durante un par de horas mientras él terminaba de trabajar. Ella aceptó y allí se quedó, tumbada en el asiento trasero del coche mientras mi amigo trataba de concentrarse en el trabajo entre mirada y mirada por la ventana cada cinco minutos para comprobar que allí seguía la joven.

Al contarle la historia a sus compañeros de trabajo, todos se preocuparon bastante por el destino de la muchacha y se lanzaron enseguida a buscar alternativas que ofrecer a mi amigo para ayudar a la chica. “Hay que llamar a la Policía”, decía uno. “No, tío, que no tiene papeles”; contestaba mi amigo. “Ah, es verdad”, entendía el otro. “¿Y si buscamos alguna ONG de ayuda a inmigrantes?”, preguntaba otro. “Pues, no sé, habría que preguntarle a ella, a lo mejor no le cuadra la idea”, respondía mi amigo.

Al final, después de muchos periplos que sin duda darían graciosos e interesantes matices a esta historia pero que harían que me extendiera demasiado, mi amigo acabó llevando a la muchacha al apartamento del sur en el que convive con una amiga española que se alegró enormemente al ver a la chica y se dispuso a acompañarla a algún lugar en el que le pudieran dar la píldora del día después.

Después de conocer la historia, si yo le preguntara al lector y el lector pudiera contestarme cuál de los puntos de la misma le resultal más sorprendente, creo que podría afirmar que las respuestas estarían entre “¿cómo se le ocurre venirse a la capital con un tío que no conoce?”, “¿no será que la chica era prostituta”, o bien “¿cómo la dejaron marcharse del hospital sin llamar a la policía o darle la píldora del día después?”.

Y entonces yo contestaría preguntando: ¿Y a nadie le sorprende que todas las personas implicadas en la historia –mi amigo, los compañeros de trabajo de mi amigo, o yo misma- hayamos, conscientemente y sin remordimiento alguno, eludido las leyes de nuestro país, ayudando a una inmigrante en su situación irregular en España sin ponerlo en conocimiento de las autoridades?. Y la respuesta: No, todos, o casi todos, haríamos lo mismo. En consecuencia, ¿se corresponden las leyes de extranjería de nuestro país con los sentimientos de los ciudadanos? ¿Si esas leyes nos parecieran justas no habríamos llamado inmediatamente a la policía para denunciar la situación de la muchacha? Ahí lo dejo, el que lo quiera coger que lo coja.

2 comentarios:

maite dijo...

Me voy a permitir la licencia de plantearte algunas preguntas desde otra perspectiva ya que también viví este suceso de cerca.
No creo que lo relevante de la historia sea que la muchacha fuera extranjera ni en situación administrativa irregular, aunque seguro que esto condiciono y mucho el que estuviera vagando sola. De hecho me parece triste que por esos condicionantes y por haber sufrido una violación además se cuestione si era o no prostituta, como si en tal caso se justificara minimamente lo sucedido. ¿El hecho de que sea extranjera condiciona a la hora de involucrarte en algo así? Sinceramente creo que no. Creo que la reflexión se ha de mover más por lo SOLOS que nos encontramos en ocasiones ante situaciones difíciles que sobrevienen y lo complicado que puede resultar tropezar con alguien que te eche una mano.

Vanessa Del Cristo dijo...

Aunque comparto gran parte de tu comentario(tampoco creo que deba considerarse el hecho de que fuera prostituta por ser extranjera o por la situación en la que se encontraba -aunque ciertamente se consideró-), debo diferir contigo en tu última afirmación.

Yo no creo que resulte tan complicado como dices encontrarse con alguien dispuesto a ayudarnos cuando estamos en problemas. Llámame idealista si quieres, pero, es más, estoy convencida, tal y como digo en el artículo, que cualquiera en la situación de mi amigo (y el tuyo) habría actuado, si no del mismo modo, de cualquier otro igualmente generoso.

Gracias por la visita y por el comentario.

Un saludo.