domingo, 16 de marzo de 2008

Del goce y el retoce

Soitu.es publicaba esta semana la noticia de que el concejal de Urbanismo de Ámsterdam ha anunciado que la policía va a empezar a hacer la vista gorda con las parejas que practican sexo de noche en el principal parque de la capital holandesa. Eso sí, siempre y cuando no dejen basura en el lugar y no lo hagan cerca de las áreas de juegos para los niños.

Plantea la web de información ciudadana, a raíz de la noticia, cuestiones como si sería factible que se aplicara esa medida en España y pregunta a los lectores si les incomodaría ser descubierto mientras practican sexo. No sé por qué, pero me ha venido a la cabeza el recuerdo de una escena descrita en un libro que leí. Seguro que muchos lo conocen: Un mundo feliz, de Aldous Huxley.

En aquel utópico mundo de felicidad enlatada, los niños eran producidos en serie por sofisticados sistemas de incubación, con los que se conseguían seres clónicos con predisposición genética a ciertas tareas de la sociedad. Pero, sin enrollarme mucho contando la trama de la historia, la escena a la que me refiero explicaba cómo los niños eran adoctrinados desde la más tierna de las infancias para practicar relaciones sexuales polígamas sin pudor. Lo hacían en un parque, en el que soltaban a los niños para que jugaran y se les incitaba a mantener relaciones sexuales entre ellos. Sexuales o presexuales, porque se trataba de niños que a penas acababan de aprender a andar.

El caso es que, sin compartir, por supuesto, la idea general de Un mundo feliz, que trata más bien de ironizar sobre la utopía de la felicidad del hombre, recuerdo que cuando leí aquella escena me llevó a pensar sobre la libertad sexual del hombre.

Es cierto, y hay estudios que lo ratifican, que los instintos sexuales surgen en los seres humanos desde muy temprana edad, aunque no puedan materializarse en relaciones completas hasta entrada la segunda década de sus vidas -esto siempre con las excepciones pertinentes-.

El caso es que me pregunto, ¿por qué la sociedad se ha empeñado a lo largo de la historia en contener esos impulsos sexuales? Si nos despojamos de las morales religiosas, la relación sexual en sí no debería constituir ningún motivo de vergüenza, ni ser objeto de prohibiciones. Al fin y al cabo es un instinto básico del ser humano en el que no cabe más malicia que la atribuida por las religiones.

A veces me planteo que el motivo de la prohibición religiosa de los actos sexuales podría atribuirse a la temprana aparición en el mundo de enfermedades graves de transmisión sexual. Hay referencias médicas desde Hipócrates que hablan ya de casos de sífilis avanzada. Incluso hay estudios antropológicos que han atribuido ciertas malformaciones encontradas en esqueletos del 2.000 AEC a esta enfermedad. Además, en la Baja Edad Media hay descritos casos de sífilis que acababan convirtiendo a los que la padecían en enfermos mentales.

Ya sabemos que las prohibiciones, teóricamente sagradas, que establecen muchas religiones responden, en realidad, a motivos de salud pública. En la India por ejemplo, la vaca se convirtió en un animal sagrado después de que una epidemia trasmitida por este animal acabara con gran parte de la población. Del mismo modo, los árabes no comen cerdo por un episodio similar.

Quizás entonces el origen del control de las relaciones sexuales por medio de normas religiosas, que eran al fin, en ciertos momentos de la historia, las únicas conocidas por el hombre, respondan a la protección sanitaria de los hombres. Es la única explicación para que la sociedad haya decidido poner artificialmente barreras a una necesidad humana que se encuentra al mismo nivel que otras tan vitales como comer, beber, o ir al baño.

Quizás por eso se decidió asociar el sexo al amor. Practicar sexo con una sola persona en tu vida no garantiza estar exento de contraer enfermedades de transmisión sexual, pero sin duda reduce mucho las posibilidades.

Lo cierto es que somos una de las pocas especies -creo que hay otra por ahí, pero no recuerdo cual- que practica (o dice que practica) la monogamia y, encima, tiene que hacerlo en secreto. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante idea de que el sexo tiene que ir emparejado al amor?

Bien es cierto que la decisión de con quién practicar sexo es, para todas las especies, una cuestión de atracción. Según cuál sea la especie, es el macho o la hembra -en casi todas es la hembra- quién decide con quién mantener sus relaciones sexuales. Igual de cierto es que somos los humanos de los pocos que lo vemos como algo más que un apareamiento, ya que disfrutamos de agradables orgasmos con el sexo. Pero de ahí, a que sea imprescindible estar enamorado... Si ni siquiera tenemos claro qué carajo es eso del amor...

El caso es que siglos de tabúes han hecho que hoy por hoy nos veamos planteándonos si es lícito practicar sexo en la calle o si, por el contrario, debe estar -como está- sujeto a las leyes gubernamentales. Es como si nos multaran por tirarnos pedos en la vía pública. Y ya me dirán qué es más feo de las dos cosas.

En resumen, que ole por el concejal de Urbanismo de Ámsterdam. A ver si se lo aplican los políticos de esta España casta y castiza y, en vez de andar poniendo multas por echar uno un polvete -nunca me ha pasado, conste-, se dedican a otros problemillas que, seguro, preocupan más a los ciudadanos que el retoce nocturno de las parejitas en los parques públicos de las ciudades (y quien dice parques, dice playas, montes, plazas, jardines... ya me entienden).

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